El espacio en los tiempos del corona - II

En la primera parte de esta serie sobre “El Espacio en los tiempos del Corona”, abordé de manera somera mi manera de ver las transformaciones teóricas que esta crisis plantea y la oportunidad que la pandemia nos brinda para transformar el espacio. La Covid-19 se nos ha presentado como un acelerador de debates teóricos que ya venían rondando desde hace años. Pero ¿cómo aplicar la teoría a nuestra realidad cotidiana? En este capítulo quisiera esbozar algunas consejos prácticos para que transformemos nuestros interiores en aras del re confinamiento.

Como lo dije en el capitulo 1, en el primer aislamiento y por causa de su inmediatez, debimos adaptarnos al espacio que ya teníamos. Entonces pienso que ahora podríamos prepararnos mejor y como seres humanos ser el centro de otra difícil situación y visualizar el espacio que habitamos enmarcado por nuevos retos y formas de vida cotidiana. Pensar en cómo vivimos este espacio, quiénes y cuántos lo habitamos, cuáles son nuestras necesidades, ahora cambiantes y transformarlo para que se acomode de manera satisfactoria en lo emocional, material, académico y laboral a múltiples exigencias y tomarlo como una oportunidad y no como una calamidad.
Abordaré algunos puntos que a mi manera de ver merecen ser considerados: la relación exterior/interior, la flexibilidad de nuestras viviendas, la simbología y el regreso a lo esencial (estos tres últimos conceptos extremadamente ligados entre sí).
Relación exterior/interior. Luz y ventilación natural. Vida en comunidad.

Difícil para quienes vivimos en la ciudad, más aún en una ciudad como París (en donde las áreas son pequeñas y la vista hacia la naturaleza es prácticamente inexistente, excepto para quienes tienen la fortuna de mirar hacia parques o bosques). Sin embargo, el confinamiento permitirá que regresemos a lo esencial: la luz, el sol, el aire y el espacio.
¿Cómo podemos invitar el exterior a nuestra casa? Muros vegetales, sonidos y naturaleza en balcones y terrazas (si tenemos la suerte de tenerlos) y plantar hierbas y verduras.

Crear un rincón verde en nuestro interior con plantas que tengan virtudes de saneamiento del aire, pues respirar un aire puro puede, entre otras cosas, mejorar nuestra concentración y productividad.
En los edificios en donde existen azoteas, utilizar estos espacios muertos y concertar con la copropiedad para crear huertas, rincones para tomar el sol, encontrarnos en pequeños grupos con nuestros vecinos. Ser proactivos y llevar la iniciativa. No dejar que la inercia haga más dura la realidad. Por el contrario, tratar de superarla motivando con nuevas ideas a nuestros vecinos. Será, entre otras, una opción para repensar la vida en comunidad, la cohabitación e interrelación con los seres que nos rodean en lo inmediato. Porqué no, estudiar la manera de instalar paneles fotovoltaicos para la producción de energía.

Invertir, si es posible y necesario, en nuestras ventanas para economizar calentamiento artificial (ventanas con doble cámara que recogen el sol y la luz natural y ayudan a conservar el calor al interior). El gobierno francés actualmente da facilidades para invertir en este tipo de energías y ventanas. Vale la pena tomarse el tiempo de estudiarlo.
Cada centímetro de superficie al aire libre será un tesoro que debemos conquistar y optimizar.
Podemos desde ya pensar en cómo modificar nuestro espacio interior, para que la luz y el aire lo atraviesen: aberturas interiores en tabiques, o incluso la eliminación de algunos de ellos, o la creación de muros-ventanas interiores para generar luz natural y ventilación cruzada.

Flexibilidad, espacios polivalentes y modulares. Simbología.

Imposible no pensar en las malocas indígenas. Este regreso a nuestras tradiciones y a la esencia me reafirma más que nunca la inmensa simbología, sabiduría y técnica de los pueblos indígenas amazónicos. Según algunos investigadores, maloca es un “espacio interior grande para cobijar a las personas y en la cual se pueden ejecutar diversas actividades colectivas, además de pernoctar y protegerse de los peligros exteriores”. La maloca es lugar de culto, de habitación, más allá de un lugar de cobijo es para convivir. Los giros de la historia, nos ponen en evidencia que ese El Dorado al que el mundo quiere regresar, fue lo que en nuestro caso latinoamericano, destruyó la Conquista, e incluso hasta el siglo XX las misiones de evangelización y las colonizaciones caucheras.

Cuando hablo de El Dorado, me refiero a la simbología, a la utilización del espacio, a la vida en comunidad, a la cohabitación con el medio ambiente, a la relación entre lo profano y lo sagrado. Entre tantos debates y nuevas teorías, hoy cuando el hombre se da cuenta de que ha destruido su medio, la arquitectura se plantea maneras de preservarlo. Pero nuestros indígenas lo hicieron desde hace siglos, antes de destruirlo buscaron desde el origen la manera de respetarlo. La maloca es elaborada con elementos vegetales que se encuentran en su lugar de asentamiento. La búsqueda de lo local nunca fue un debate, era lo lógico. La maloca se adapta a su medio ambiente, al calor, a la humedad, a la lluvia, a la orientación del sol y de la luna. Dos orificios a manera de ventanas permiten la entrada de luz natural, la circulación del aire y la evacuación del humo producido por fogones y fuegos rituales. ¿La ventilación cruzada fue acaso un invento de Le Corbusier?

La maloca es un mono espacio con límites virtuales y simbólicos. Su trazado se rige por cuatro ejes que generan una planta octogonal con divisiones tácitas: un espacio central (para rituales) y cuatro espacios laterales con nueve subespacios internos (para las hamacas y la vida de cada familia adentro del clan). La función de cada espacio está jerarquizado por sus usos y por los órdenes sociales. Mutan y se adaptan. Las columnas tienen una función que trasciende lo estructural. En la simbología indígena, lo pilares representan el esqueleto de la mujer y los muros y techos su piel. Son igualmente el lazo entre la tierra (lo mortal) y el cosmos (lo inmortal).
La maloca va más allá del cobijo, es el lugar donde se transmiten las historias y leyendas, donde se hacen los rituales, donde los viejos les cuentan a sus jóvenes de dónde vienen y qué dioses los rigen, les inculcan el respeto por el entorno y la vida en comunidad, la importancia del clan. Es entonces un espacio comunal en donde lo profano y lo sagrado se entremezclan.

La maloca reivindica el hecho de que la función primera de la arquitectura no es el diseñar obras monumentales, su esencia misma es representar lo que somos como seres humanos, adaptarnos a nuestro medio pero ante todo, condicionarlo a nuestra esencia, a nuestra manera de vivir, a nuestras creencias y nuestra forma de convivir.
Durante esta pandemia pensé mucho en nuestras malocas. Hoy las llamaríamos “un open space”, un “loft”: para mi es el regreso a El Dorado.

Expuesto esto, cómo mezclar vida en familia las 24 horas del día en pequeños espacios que deben ser multifuncionales, a los cuales debemos inyectarles todas nuestras creencias, gustos y formas de vida?
Sin tomar en cuenta el tamaño de nuestras viviendas, pienso que regresar a la esencia será nuestra doctrina. Nuestra casa debe ofrecernos la posibilidad de podernos aislar, pero también brindarlos la oportunidad de encontrarnos en familia. ¿Qué mejor forma de hacerlo que la modularidad?
En términos espaciales, la optimización y el sentimiento de que nos hace falta un área más grande, pasará por la búsqueda de la flexibilidad, la luz y el suprimir todo elemento innecesario.
Sin duda podemos introducir pequeños cambios en nuestra vivienda de inmediato y a bajo costo, empezando por eliminar todo cuanto no sea vital. Quizás varios de nosotros pensamos durante esta pandemia, además de evocar un posible éxodo rural, que nos haría falta un apartamento más amplio. Lo conveniente será más bien repensar nuestra residencia actual, invirtiendo algo de dinero, pero menos que en la compra de un nuevo bien.

A raíz de la Covid-19 las teorías de una arquitectura flexible y modulable tomarán toda su fuerza. Este tipo de arquitectura no es algo nuevo. Desde los años 20 se habla de nociones de movilidad espacial, pero la arquitectura tradicional japonesa, (que ha perdurado hasta hoy en su concepción), es el diseño flexible por excelencia desde hace siglos. Hace unos años habría sido para nosotros difícil de entender el concepto de la arquitectura residencial nipona. Sin embargo, desde Mies Van Der Rohe y las corrientes minimalistas la depuración del espacio ha sido una búsqueda constante. Hoy pienso que retoma todo su valor en el uso, la poética y la modularidad. Las puertas desaparecen, los muros se mueven, las habitaciones se suceden unas a otras. Buscamos espacios sensibles en donde el vacío es lo primordial y lo que permite la organización cambiante de los espacios.

En las casas japonesas las habitaciones son neutras y limpias, con poco mobiliario para permitir la mutación. Los muros son móviles. Los tatamis (medida única y universal) rigen los ritmos de las áreas y son la unidad de medida (el espacio no se mide en metros cuadrados sino en cantidad de tatamis de 91 x 182, es decir 1.65m2 cada uno). El engawa (que puede ser un corredor, un porche o terraza) tiene el rol de transición: interior/exterior, descanso/actividad, meditación. Es pues, como en la maloca, una estancia a la vez profana y sagrada. Puede estar fuera o dentro, y se transforma según las necesidades de luz, sombra o uso. A mi modo de ver, ninguna arquitectura ha pensado y elogiado más el claroscuro que la japonesa: poesía, resguardo, estado de ánimo. Paredes opacas, translúcidas, celosías, crean con la luz y la sombra un verdadero arte. Gracias a la disposición del engawa, la luz natural penetra indirectamente y es a la vez filtrada y reflejada por los aleros. De esta manera, la parte inferior de los muros es más clara (o iluminada) y la parte superior más oscura. Los shoji (paneles móviles de separación) son fabricados en papel washi otorgándole a la luz una textura cambiante en función de la hora del día o de la estación.

Dos de los aspectos que cambiaron profundamente nuestra manera de vivir durante la pandemia son el teletrabajo y el estudio en casa. Las empresas y los sistemas educativos abordarán el mercado laboral y la educación de otra manera. Pero a nivel individual, es el momento de acondicionar nuestra vivienda.
Tal vez lo que más me anima en todo esto, es el retorno a lo esencial, el poner al hombre en el centro de todo, premisa que siempre he defendido. Los espacios más que nunca deberán ser semejantes a nosotros, a nuestra

forma de vida. El espacio deberá reflejar lo que somos, y por ello debemos trabajar en acondicionarlo. Lo que nos es indispensable debe permanecer, lo que no se nos asemeja deberá desaparecer. Quizás esta pandemia nos haga comprender finalmente que lo único que debemos conservar es lo que nos corresponde, y evitar aquellas habitaciones estandarizadas o las decoraciones y espacios copiados de las revistas de diseño. Cada ser es único y su espacio debe reflejarlo.

En lo práctico y lo actual,

el replantear nuestro espacio de vida y llevar a cabo un hábitat cambiante y evolutivo en el transcurso del día y de la noche, tomará ciertamente algún tiempo y algo de inversión económica. Algunas soluciones pueden ser: muros y cerramientos móviles, cielorrasos con un sistema de rieles que permitan el desplazamiento de muros y muebles. Los paneles corredizos nos permitirán abrir los espacios o dividirlos según la necesidad: un salón amplio que pueda convertirse en salón y habitación, o en sala y oficina. Los muros fijos e incluso los elementos móviles pueden tener integrados armarios y elementos retráctiles como camas y escritorios.

En los apartamentos (grandes o pequeños) que cuenten con una cierta altura bajo techo, se puede pensar en medios niveles o en sobre elevaciones ligeras del suelo para introducir un sistema de mobiliario escamoteable según las necesidades (mesas, camas, armarios). Estas plataformas se pueden realizar en madera y contar con varios compartimientos para crear almacenamientos o integrar mobiliario que pueda extraerse cuando sea necesario. Una vez todos los elementos estén guardados, el área queda libre y puede emplearse como se desee o según lo dicte la necesidad de cada instante.

Muebles con rodachinas y frenos, camas-armario o empotradas en el techo que, bajo un sistema de poleas y contrapesos, se bajen a nivel de piso en la noche. El sistema modulable es aplicable a cualquier tipo de vivienda, estudiando la necesidad de sus habitantes y la configuración misma del espacio al milímetro. El mobiliario se diseña sobre medida, pero en el mercado existen ya varios fabricantes especializados en este tipo de elementos, lo cual puede ayudar a bajar costos.
Los componentes del espacio, y el espacio mismo mutan y son multiusos. Será igualmente la ocasión perfecta para utilizar de otra manera los corredores de nuestras casas para transformarlos en espacios de vida.

En términos ecológicos, la arquitectura flexible (incluso la interior) es ligera y toma poco tiempo en construirse. Contamina menos y es frecuentemente hecha con materiales locales y renovables. Su carácter efímero sugiere un impacto menor en el medio ambiente. Se pueden integrar incluso sistemas de economía de agua gracias a grifos de baja presión y sanitarios con cisternas de doble descarga.
Para evitar el aislamiento de cada miembro de la familia en los ratos de ocio y evitar que cada uno esté encerrado con su Smartphone o Tablet, se pueden incluir, además “de los muros que caminen” los “muros que hablen”. Sistemas de proyección y sonido para compartir en familia.

Todos los cambios son validos, pero el punto de partida debe ser un análisis minucioso de las necesidades de la familia, el nuevo modo de vida y el estudio milimétrico del espacio para encontrar las soluciones mas adaptadas.

En el próximo capitulo de esta serie “El Espacio en los Tiempos del Corona”, les daré algunos ejemplos y soluciones que ya existen en el mercado para aplicar estas recomendaciones a su vivienda.
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